Mi casa tiene muy pocos objetos,
hace poco más de un año nos mudamos de Caracas a Santiago de Chile y dejamos
todo atrás. En este año hemos ido comprando, poco a poco, algunas cosas, pero
por algun motivo no siento una conexión muy profunda con ninguno de los objetos
de mi casa, casi todos son de mi hijo y hoy quisiera hablar de alguno que
signifique algo para mí. Con la intención de continuar en mi práctica de
escritura, elegí entonces describir a mi pañal de tela, un pedazo de trapo que
me acompañó hasta mis 32 años.
No podría decir en qué momento
llegó mi pañal a mi vida, porque desde que recuerdo él estaba ahí, doblado debajo
de mi almohada para que, como cada noche, antes de dormir, lo tomara en mis
manos, lo oliera profundamente, comenzara a pasarlo entre mis manos para
moldearlo y hacer de él una bolita lisa, doblarlo en tantas mitades como
pudiese y blandirlo de un lado a otro como pañuelo de mujer que se despide en
el puerto de su amado para finalmente volver a olerlo profundamente y repetir
todo el ritual hasta quedarme dormida.
Mi pañal ha tenido varias formas
y colores, porque murió, fue al cielo y reencarnó varias veces, siempre volvió
a mí. En su primera vida mi pañal era un rectángulo blanco y en sus lados más
largos tenía flequillos que me pasaba por el borde de mis labios. Cuando era
niña no comía nada, siempre estuve muy baja de peso, el desayuno que mi mamá me
enviaba al colegio regresaba intacto, al llegar a la casa apenas provaba bocado,
recuerdo que pasaba al menos una hora sentada en la mesa moviendo los granos de
arroz de un lado del plato a otro para solo llevarme el cubierto a la boca
cuando mi mamá se asomaba por la cocina vociferando que hasta que no comiera no
me pararía de la mesa. Lo único que recuerdo haber tomado con gusto era mi
tetero, mi Sustagén. Una fórmula con muchísimas vitaminas y minerales
concentrados que mi mamá me daba en la mañana y en la noche para evitar que
cayera en el rango de los niños desnutridos. Mi tetero lo sujetaba con una mano
mientras con la otra agitaba Mi Pañal como una bandera de un lado a otro. A
veces envolvía el tetero con Mi pañal para que se pusiera calentito y luego
ponerlo junto a mi cara. Era feliz cuando tomaba tetero, era feliz con mi
pañal.
Muy a pesar de mi mamá y de su empeño
en que fuera una niña dura que no llorara, siempre me gustó el drama, lloraba –
y lloro – muchísimo, por cualquier cosa, por dolor, por tristeza, por manipulación,
porque mi hermana no me dejaba entrar en su cuarto o porque mi mamá no me
compraba alguna muñeca de moda. Lloraba también por ira, especialmente cuando
luego de cenar, me cepillaba los dientes, convencía a mi mamá de que me dejara
dormir con ella en su cama, iba a mi cuarto a buscar a mi Pañal debajo de mi
almohada y lo encontraba ahí, blanco, limpio e impoluto. “Mamáaaaaaaaaaaa, ¿por
qué me lavaste mi pañal?” le preguntaba furiosa. Cada vez que lo lavaba, el
agua arrebataba de mi pañal su esencia, su olor. “Porque estaba inmundo,
Eileen. Y si te pones a llorar mucho, te lo echo a la basura”.
Mi Pañal sufrió su primer deceso
cuando yo tenía unos once años. Una señora de servicio lo confundió con un trapo
de limpieza y lo usó para restregar aceite de Teka sobre nuestra mesa de
comedor. Asumí mi pérdida con dignidad, creo que no lloré, pero me costó mucho
acostumbrarme a dormir sin Mi Pañal.
Deben haber pasado unos cinco o
seis años antes de que Mi Pañal reencarnara en un nuevo cuerpo y volviera a mí.
Esta vez tenía la misma forma, pero no era blanco, tenía pinticas azules y me
lo dio mi tía María, era el trapito de los morochos y quiso regalármelo a mi porque
olía muy rico, olía a sus bebés. Lo recibí feliz y como ya era una tarajalla,
mi mamá ni intentó en evitar que lo tuviera. Ya estaba en la universidad, pero
nuestro ritual era el mismo. Como si el tiempo no hubiese pasado Mi pañal volvió
a jugar entre mis manos para hacer figuras lisitas que se sintieran suaves al
pasarlas por mi cara, lo metía dentro de mi franela y lo dejaba reposar entre
mis senos mientras veía televisión. Era feliz cuando estábamos juntos, en
trance, y me importaba poco lo que dijera la gente acerca de nuestro
reencuentro y de lo absurdo que era que hubiese adquirido de nuevo el “mal
hábito” de tener un pañal.
Su segunda vida debe haber durado
unos 5 años más, supongo que para esa época ya no los fabricaban igual, o quizá
nuestros juegos ya no eran tan delicados como cuando tenía once años, porque esta
vez yo misma enterré – eché a la basura - a mi pañal cuando empezó a
deshilacharse y a desmembrarse. Esta despedida fue más llevadera, sabía que
volvería a mí.
Y no me equivoqué, yo tenía unos veintiséis
o veintisiete años cuando, luego de una o dos botellas de ron, le pedí a una
amiga que me diera en adopción al pañal de su recién nacido hijo, Matías. Fue
así como Mi Pañal y yo nos reencontramos una tercera vez, ya yo estaba graduada
de la universidad y tenía novio, así que por primera vez le tocó compartirme
con otro. Nuestros rituales se repetían como si aun tomara tetero, solo que
ahora nuestro juego incluía fastidiar a mi novio, quien, a pesar de aceptar mi
extraña posesión, me pedía que por favor lo mantuviera lejos de él.
La siguiente, y última despedida
hasta ahora, ocurrió cuando ya tenía 32 años. Esta vez Mi pañal no estaba tan
desgastado como en su vida anterior, pero su olor ya no me parecía tan
agradable y además me convertí en mamá y comencé a ver a mi amigo como a un
foco importante de gérmenes y bacterias para mi bebe. Me gustaría decir que
hice algún tipo de ritual, pero la verdad nunca fui tan romántica, creo que lo
eché de nuevo a la basura, porque me parecía muy doloroso usarlo como trapo
para limpiar.
Hoy escribo esto y sonrío al
pensar que quisiera que nos reencontráramos de nuevo.