Mi lugar favorito… soy una
persona simple, quizá hasta aburrida, tengo pocas pasiones, no tengo color
favorito, ni comida favorita, recientemente me forzaron a escoger una canción
favorita, y me costó bastante. Al empezar a pensar en mi lugar favorito mi primera
opción fue la playa ¡Qué Cliché¡, pensé de inmediato, pero intenté hacer un
esfuerzo a ver si podía al menos pensar en una playa en específico que pudiera describir
y hacer a quien me lea, o sea, nadie enamorarse de esa playa conmigo. Nada.
Todas las playas me gustan, hasta las de Chile que tienen agua helada que entumece
el cuerpo. Estaba resignada a escribir cualquier cosa de las playas en general,
total a casi todo el mundo le gusta la playa, sería fácil lograr empatía, pero
de repente pensé en un lugar al que sin duda me gustaría volver y se que, si
vuelvo a ir, lo disfrutaría muchísimo más de lo que lo disfruté hace años.
A mediados de los noventa mi tía
y su esposo compraron una Finca en el Estado Guárico y mi papá la administró
por varios años. La finca fue nuestro sitio de vacaciones durante todos esos años,
fui incluso siendo adulta con mis amigos e la universidad. La finca era enorme,
con colinitas pequeñas que cambiaban de color, verde intenso en época de lluvia
y amarillo opaco en los meses de sequía. Había muchísimas cosas que hacer,
montar caballo, caminar, sembrar, arrear ganado, bañarse en la laguna, regar
las matas, vacunar el ganado y lo que a veces más disfrutaba: hacer nada,
acostarme en una hamaca a esperar que el viento la moviera y me meciera.
Siempre dije que al entrar a la
finca uno atravesaba un portal del tiempo, las horas transcurrían considerablemente
más lento de lo normal, había tiempo de hacer muchísimas cosas y a la vez de
hacer nada. Me podía levantar un día, desayunar, ponerles comida a los
caballos, ensillarlos, ir a caballo, hasta la laguna, sentarme a la orilla a
lanzar piedras o a pescar con algún nailon, subir de nuevo al caballo y
terminar de recorrer todos los potreros, regresar al caballo a sus establos y
volver a la casa para ver que aún eran las 10 de la mañana. ¡Cuánto me serviría
ahora esa lentitud del tiempo!
Me encantaba ir, íbamos al menos
una vez al mes. ¡Ojalá pudiera volver! Esa finca es, sin duda, mi lugar
favorito, por el tiempo, por los recuerdos, por lo que fue y por lo que pudo
ser.
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