En momentos de poca actividad en
el trabajo estaba revisando las fotos en mi celular y una llamó mi atención, El
Potrico caminando de la mano de un tío que lo adora, con su cabello liso, sus
ojitos chinos y su lengüita juguetona. Al fondo, la Peke sonriendo grande. El
cuadro de la foto es bello, me atrapó durante varios minutos tratando de
adivinar lo que pasaba por la cabeza de cada quién, pero de repente me descubrí
imaginando lo que pasaba fuera del cuadro, decidí escribirlo para no olvidarlo.
La foto la tomó el Infe, la cara
de diversión con la que El Potrico ve a la cámara me hace suponerlo. Mientras
tomaba la foto su corazón sonreía lleno de alegría porque su hijo, lo que él más
ama en este mundo, estaba empezando a fabricar recuerdos con personas que han
sido tan importantes en su vida. Le parecía un sueño que su hijo caminara de la
mano de su padrino de bodas y se llenaba de alegría al pensar que, si algún día
Chuky tiene hijos, la amistad podría trascender en el tiempo, de una generación
a otra.
Sentadas en el mueble, al lado derecho
de la foto, estaban Bebel y Daniela abrazadas diciéndose, sin hablar, la
alegría que sentían por estar juntas. Las imagino a ambas tratando de organizar
en su mente todas las cosas que se querían contar. Bebel quería hablar del
parto y de lo fácil que le pareció, de lo que sintió cuando supo que su hijo
tenía Síndrome de Down, lo mucho que extrañaba la playa y el alivio que sentía
a ver como El Potrico avanzaba a pasos agigantados. Daniela, por su parte, quería
contarle lo dolorosa que fue su pérdida, lo que mucho sufrió al ver sufrir a
Chuky con la muerte de su suegro, lo feliz que estaba de haber escapado de Venezuela
y de lo gratificante que era para ella ejercer en un país donde podía ofrecer
las mejores alternativas para sus pacientes.
Fuera del apartamento el día estaba espléndido, mucho sol y pocas nubes. Las playas mallorquinas esperaban a esos
amigos que el tiempo y la vida han convertido hermanos.

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