sábado, 13 de julio de 2019

Día 9 de #30diasdeescribirme: escribí acerca de la primera vez que viste a una persona de la que te enamoraste


La primera vez que lo vi caminaba sobre el puente que unía al edificio de Mecánica y Urbanismo con la Biblioteca Central de la Universidad Simón Bolívar. El día estaba precioso, como el noventa por ciento de los días de mi Caracas natal. El cielo era azul claro, como los cielos perfectos intentaba colorear con mis torpes manos en preescolar, con unas nubes que se asomaban por allí y por allá, esponjosas como las que agarra Jasmín cuando vuela sobre la alformbra mágica con Aladdin. La verdad no recuerdo si el sol se veía, pero su calor se sentía suave mi rostro y sobre el de Oscar que caminaba conmigo mientras nos reíamos de alguna de las mil cosas que nos hacían reir a diario.

No recuerdo si íbamos o veníamos de la biblioteca, pero en algún lugar entre el cromovegetal al que no podía bajar si de verdad quería graduarme y el jardín inmenso que nos separaba de la calle inglesa lo vi. De una altura promedio, de contextura delgada, nariz grande, cabellos alborotados y la sonrisa más honesta que jamás había visto. Saludó a Oscar con un abrazo afectuoso, volteó a verme y me sonrió por cortesía, no hubo apretón de manos ni mucho menos un beso en la mejilla, pero me quedé ahí oyendo sin escuchar lo que Óscar y él hablaban. Mientras lo hacía, yo me deleitaba con su carisma, con su risa sincera y con los rizos que de inmediato me hicieron pensar en el pajarito de Snoopi. Algo en él me halaba, como hala el imán al metal y como el sol atrae a la tierra. Sonrió todo el rato que estuvieron ahí y Oscar reía como reía conmigo, quizá un poco más. No sé si pasaron 2 minutos o 10, creo que ni siquiera supe su nombre, pero apenas se fue, lo primero que me dijo Oscar fue: “No, no tiene novia”. Mi amigo me conocía muy bien, Christian me gusto desde la primera vez que lo vi, pasó mucho tiempo antes de que algo pasara entre nosotros, pero me gusta creer que la vida nos dejó enamorarnos de otros y conocer la desilusión para que pudiéramos apreciar y reconocer el amor bueno, el bonito, el de verdad. El que es para siempre.

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