Lo que menos me gusta hacer es
tomar decisiones, de cualquier tipo, desde elegir entre comer comida japonesa o
comida callejera hasta escoger cuál es la mejor opción para el cuidado de mi
hijo en las tardes.
Normalmente tengo bastante claro
qué es lo que quiero, pero a pesar de esto tiendo a pensar mucho en los
aspectos negativos de lo que quiero y en lo positivo de lo que estoy dejando de
lado. Y entonces una especie de torbellino se estaciona en la boca de mi
estómago cuando comienzo a imaginar qué podría pasar si elijo una opción
incorrecta, ¿y si el pescado con el que hacen el sushi no está fresco?, ¿y si la
niñera que contrate resulta ser una sociópata molestadora de niños? Y empiezo así
a preferir la otra opción, la que no me dice el corazón, y repito el ciclo una
y otra vez hasta que ya tengo el tiempo encima, cierro los ojos y hago un Tin Marín de dos Pingüé
Resulta para mí paradójico,
siendo tan dominante como soy, que a veces desee tener a alguien que siempre
tome decisiones por mí, que elija mi ropa, mis empleos, mis amistades, mis
gustos, los sitios que visito, los gastos que hago y hasta la comida que como. Quizá
ese alguien es el destino, ¿será que verdaderamente nuestra vida está escrita y
que no importa lo que hagamos, el resultado siempre será el mismo?
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