Un hueso roto
No he roto muchos corazones, al
menos no que yo sepa. El que recuerdo con más dolor fue el de Andrés, un novio
que tuve cuando viví en Estados Unidos. Fuimos novios durante cinco meses,
período larguísimo para adolescentes de 16 años, y terminé la relación
intempestivamente y de un día para otro. Como todos los sábados él fue a
visitarme y sus ojos se llenaron de lágrimas cuando le conté que había tenido
una discusión muy fuerte con los tíos con los que vivía y que me tenía que
devolver a Venezuela. Lloró desconsoladamente, maldiciendo a mis tíos,
implorándome que me quedara. Mi corazón también estaba roto, pero sentía que ya
no podía estar más tiempo en esa casa.
Un hueso roto
“Cuidado, Tío” dijo Beto, mi
primo, quien estaba sentado a mi lado en la Silverado cuando íbamos camino a
Puerto La Cruz. Apenas alcancé a abrir los ojos y vi como inevitablemente nos
íbamos contra una piedra enorme en el camino. La camioneta se salió de la
carretera y calló por un barranco dando una, dos y tres vueltas. Debo haber
perdido el conocimiento, porque nunca supe cómo, cuando desperté, estaba fuera
del carro. Beto me tendió su mano para ayudarme a levantar y cuando me puse de
pie sentí un dolor intenso en el tobillo izquierdo. “No puedo caminar, creo que
me fracturé”, le dije a mi primo. “Tienes que caminar” me dijo señalando a mi
papá quien estaba yacía inconsciente delante de una llama incipiente de fuego,
“Esto va a explotar”.
Una ley rota
Entre los 16 y los 19 años estuve
rompiendo la ley constantemente. No tenía carro, pero mi mamá me prestaba el
carro cada vez que podía y yo lo manejaba sin licencia. A la universidad casi
siempre, pero si tenía suerte y alguien me acompañaba de regreso a casa, me dejaba
salir de fiesta con el carro. Varias veces manejé con algunos tragos de más,
creo que rompí los faros del carro al menos dos veces y me di a la fuga, creo
que como mi mamá es abogado, me sentía invencible y que no había aprieto del
que ella no pudiera sacarme.
Una promesa rota
Cuando mi hermana apenas había
muerto y su cuerpo aún estaba tibio, la abracé fuerte y le dije al oído “Te
juro que siempre cuidaré a Norbert”. Esa promesa, una de las más importantes y
más sentidas que he hecho, la rompí hace poco más de un año, cuando me vine a vivir
a Chile y lo dejé a él en Venezuela. Lo sigo cuidando desde lejos, y velo
porque no le falta nada, pero lo que él ahora más necesita es tenernos cerca y
estamos lejos, muy lejos.
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