Escribo porque creo que escribir es lo único creativo que se me da (medianamente bien). Llené algunos diarios durante algunos años, para drenar un poco lo incomprendida que me sentía en la adolescencia, pero dejé de hacerlo y poco antes de venirme a vivir a Chile, los boté todos.
Llegué a Chile desesperada por salir de una realidad asfixiante en Venezuela, me vine con mi hijo y mi esposo, y durante un año entero estuve de sabático forzoso, un poco por temas migratorios, un poco porque tenía que cuidar a mi hijo que aun no empezaba en el colegio y un poco porque de verdad no quería. Luego de cinco meses de ser ama de casa y mamá a dedicación exclusiva, empecé a sentirme asfixiada necesitaba hacer algo por mi y para mi. En uno de los días más grises, como caída del cielo, me escribió Andreína, una amiga de la universidad que en sus tiempos libres hace cursos de escritura y ha escrito algunas cosillas por aquí y por allá. No recuerdo por qué, pero le conté que tenía ganas de escribir y me regaló un curso de creatividad en línea que estaban dictando unas chicas con las que ella ya había hecho talleres y en una de nuestras conversaciones contó acerca de NaNoWriMo, y me animé a escribir una novela de cincuenta mil palabras en 30 días. Y así empezó la magia.
El tema del libro puede ser material para otra entrada en este blog, porque lo que quiero contar es que escribo porque me gustó como me sentí durante ese mes, fui capaz de crear una historia, de modelar personajes y de escribir emociones. Me gustó mucho darme cuenta de mi capacidad de aislarme de lo que pasa a mi alrededor cuando escribo. Me gusta quien soy cuando estoy escribiendo.
Lo que escribo no me encanta y me muero de vergüenza solo por pensar en ser leída, pero me gusta lo que siento al escribir y la facilidad con la que las palabras salen de mis dedos. Escribo porque quiero saber qué tan buena puedo ser y hasta donde mi mente es capaz de volar.
Escribo porque me gusta y sé que me gusta gracias a ti, Peke.

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