La verdad no sé cuál fue el último
sueño que tuve, pero el último que recuerdo es de hace poco menos de una
semana. Soñé con un terremoto, uno fuerte, no podía mantenerme de pie. Desde
que llegué a Chile, el mensaje de los chilenos siempre ha es el mismo: “No te
preocupes, siempre que puedas mantenerte de pie durante el temblor, todo está
bien”. En el sueño no podía estar parada sin caerme, me bajé de la cama y
caminaba siempre sujeta del colchón mientras veía el bombillo sin lámpara de mi
cuarto moverse de un lado a otro. El brutal meneo de la tierra estaba armonizado
con un rugido de la tierra y en medio del vaivén pensé: “ruge más fuerte si
quieres, pero deja de moverte, porfi”. Como pude, llegué al pasillo de mi
apartamento y con una mano en cada pared avancé lento hasta la sala.
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¿Cuánto tiempo lleva temblando? – Me pregunté.
La movedera no paraba, el cristal
de las copas y las botellas de vino chinchineaban dentro de los gabinetes de la
cocina, la puerta de la nevera se abría y se cerraba a capricho mientras los
tupper con comida que tenían más de una semana ahí dentro de salían disparados hacia
el piso, el televisor hacía equilibrio como acróbata de circo para no caerse de
la mesa y el cubo que hizo Nico con palillos y plastilina dio brinquitos en la
mesa de centro hasta caer esparramado sobra la alfombra recién aspirada. Agradecí
estar en el piso 24, “La caída será más larga, pero al menos caeré encima de los
otros 23 pisos”, pensé. Volteé a la ventana de la sala vi los edificios vecinos
moverse como palmeras en tormenta tropical, entré en pánico de solo pensar que
quizá el mío se estaba moviendo igual. “¡Ajá!” pensé, “Estoy soñando, estos
edificios no existen en la realidad, el arquitecto de mi sueño se echó tremendo
pelón”.
Desperté sin sobresalto y abracé
a mi hijo que, como todas las madrugadas, se había escabullido desde su cama a
la mía.
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